El día en que millones de mujeres votaron por primera vez

Después de 50 años de lucha feminista ininterrumpida, el 11 de noviembre de 1951 las mujeres coparon las urnas; dieron un paso que dejó una marca imborrable en la historia de la política local; conocé los detalles de esta lucha y a sus protagonistas

En las primeras elecciones que pudieron votar las mujeres representaron el 48,9% del padrón electoral

Cuando hablamos de voto femenino en la Argentina hay que hablar de dos cosas: por un lado, de la lucha que empezó por lo menos 60 años antes que su sanción, y por el otro, los debates parlamentarios por la ley que se aprobó en 1947 y convocó a las urnas a tres millones y medio de mujeres, que votaron en la reelección presidencial de Juan Domingo Perón durante los comicios nacionales del 11 de noviembre de 1951.

Mujeres pioneras y luchadoras por el voto femenino nacional.

En una especie de prehistoria de la lucha por el voto femenino, el primer nombre que aparece es el de Cecilia Grierson, la primera médica mujer de este país que, según dicen en los manuales de historia, se graduó en 1889 para salvar la vida de una amiga muy querida que estaba enferma. Lo cierto es que la primera médica argentina no sólo logró graduarse tempranamente, participar en la primera cesárea que se hizo en el país y fundar la Sociedad Argentina de Primeros Auxilios, además fue una militante incansable por los derechos femeninos.

En 1899, luego de asistir al Congreso Internacional de Mujeres que se hizo en Londres, Grierson incentivó la fundación del Consejo Nacional de Mujeres, y participó activamente en Asociación de Mujeres Universitarias, donde se discutió la situación de las mujeres en la educación, la legislación, el abandono de los hijos, y, obviamente, la necesidad del voto femenino.

Grierson murió en abril de 1934, tenía 75 años y a pesar de haber sido reconocida constantemente por su incansable carrera médica, no pudo ver ningún avance en sus luchas por la igualdad de hombres y mujeres.

Otra luchadora fue Alicia Moreau de Justo. En lo que parece una cosa premeditada, pero es sólo una coincidencia catastral, la avenida que lleva el nombre de la popular socialista nace justamente en la calle Cecilia Grierson del exclusivísimo barrio Puerto Madero de la Ciudad de Buenos Aires. Más o menos como pasó en la vida real.

De la mano del socialismo llegaron al Congreso varios proyectos de ley para que las argentinas pudieran votar. Simultáneamente, Emmeline Pankhurst arrancaba en Londres el movimiento sufragista que enseguida se internacionalizó y tuvo sus distintas versiones en todos lados, pero casi todas llegaron al mismo punto: la concreción del voto femenino en buena parte de los países occidentales.

En 1910, mientras la Argentina se desbordaba en los festejos del Centenario, Buenos Aires fue elegida como sede del Primer Congreso Femenino Internacional y ahí empezó a sonar fuerte el reclamo por el derecho al voto de las argentinas.

Desde otro lugar, hubo una lucha que fue más de tipo jurídico y estuvo en manos de Julieta Lanteri, compañera en la Facultad de Medicina de Grierson y pionera como ella, pero no fue la primera sino la quinta graduada del país.

 

Luego de hacer un juicio en el que logró su carta de ciudadanía nacional, Lanteri logró ser incluida en los padrones electorales para votar autoridades municipales en las elecciones del 26 de noviembre de 1911. Y así se convirtió en la primera mujer sudamericana que pudo votar, y en un caso único en el país hasta que las sanjuaninas pudieron votar en esa provincia mucho antes de que el sufragio femenino fuera una ley nacional.

Y luego dobló la apuesta: apenas ocho años después de su victoria judicial, Lanteri lanzó su candidatura como diputada nacional por la Unión Feminista Nacional. Los resultados fueron pobres pero alentadores: obtuvo 1.730 votos, todos masculinos, obvio.

Las leyes argentinas desconocían completamente los reclamos feministas.

En la legislación argentina las letras no propiciaban absoluta-mente ningún debate respecto de los reclamos y las luchas libertarias que venían encarando las feministas locales. El Código Civil de 1871 consideraba a las mujeres como "incapaces". Recién en 1926 la cosa empezó a cambiar, pero sólo un poco.

Las mujeres lograron la igualdad civil con los varones mediante la sanción de la Ley 11.357, conocida como ley de igualdad civil. Y aunque esa igualdad sólo fue en las letras y en la vida real no cambió nada, esa ley sirvió para que se empiece a hablar socialmente el tema, y que se pueda correr la idea imperante de que ampliar los derechos de la mujer significaba armar líos en el seno de las familias.

Unos años más tarde empezaron a rebotar en el Congreso los por lo menos 22 proyectos de leyes que se presentaron pidiendo el voto femenino, y que provinieron de diferentes espacios políticos pero corrieron todos la misma suerte: fueron sistemáticamente cajoneados.

 En estas intentonas legales hubo algunos hitos que distinguieron algunos proyectos de otros, y le dieron empuje definitivo a la sanción de la ley por el voto femenino. Por ejemplo, cuando en 1932 final-mente se trató sobre tablas uno de los proyectos que había presentado Mario Bravo tres años antes, llegaron al Congre-so Nacional 95 mil boletas electorales firmadas por mujeres de todo el país con una leyenda clara: "Creo en la conveniencia del voto consciente de la mujer, mayor de edad y argentina. Me comprometo a propender a su mayor cultura". Unos días después, la Cámara baja le dio sanción a esta iniciativa y el voto femenino finalmente empezó a dar pasos certeros para convertirse en una realidad.

Finalmente, en 1947 se sancionó la ley que les permitió votar a las mujeres

Luego siguieron los intentos y los proyectos que continuaron amontonados en diferentes cajones de la Legislatura, hasta que finalmente el 9 de septiembre de 1947 pudo debatirse y los legisladores sancionaron la Ley 13.010 que establecía en su primer artículo la igualdad de derechos de hombres y mujeres, y por eso están sujetas a las mismas obligaciones que los varones, entre ellas, votar.

El debate no tuvo desperdicios. No sólo por el impacto de la medida que se discutía en el Congreso, sino también por los argumentos que se esgrimieron de un lado y del otro. En ese contexto convulsionado de posguerra mundial, los legisladores argentinos seguían argumentando si hombres y mujeres eran iguales, y para justificar sus posturas evocaban ridículamente razones fisiológicas, que ya habían sido descartadas por la ciencia mucho tiempo antes.

Y finalmente, gracias a la sanción de la Ley 13.010, tres millones y medio de mujeres argentinas pudieron votar por primera vez el 11 de noviembre de 1951, para reelegir a Perón como presidente, tras el renunciamiento histórico de Evita que votó desde su cama en el Policlínico Presidente Perón de Avellaneda, donde unos días antes la habían operado de la enfermedad que le causaría la muerte apenas unos meses después.

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